sábado, 10 de agosto de 2013

Koyaanisqatsi: Life Out of Balance

Una obra de arte, por si sola, no posee un significado determinado. Éste se origina en la interacción del observador con respecto al objeto artístico y, por consiguiente, los significados pueden ser múltiples. En este contexto, Koyaanisqatsi (1982) se constituye como una película que ofrece libertad total al espectador. La primera de la trilogía Qatsi (Koyaanisqatsi, Powaqqatsi y Naqoyqatsi), su dirección quedó en manos de Godfrey Reggio y la fotografía a cargo de Ron Fricke. La película, de 87 minutos de duración, consiste en la sucesión, más o menos aleatoria, de secuencias del mundo natural y de la transformación de éste por el ser humano. Al aparato visual se le suman las piezas musicales creadas por Philip Glass, que exponencian el impacto del filme.

Koyaanisqatsi: Life Out of Balance

No contiene diálogos ni un narrador extradiegético que nos cuente una historia, la narración queda en manos del espectador, convirtiéndose su visualización en una experiencia cinematográfica no convencional. La sucesión de secuencias abre paso a la reflexión sobre muy diversos temas, a pesar de que la crítica insiste en encuadrar la película en el antagonismo entre el mundo natural y el artificial o industrial, ese es sólo uno de sus posibles sentidos (el mismo Reggio negó tal intención). Koyaanisqatsi va más allá; no existe un mensaje preestablecido inherente al filme, es el cine como lo visual, en una forma que nos recuerda a algunas producciones de Luis Buñuel (Un Chien Andalou, 1929), al menos en cuanto a la multiplicidad de significados y a la primacía de la experiencia visual frente a la narración.

De esta manera cada vez que se visualiza de nuevo la película, es decir, cada vez que el espectador se proyecta sobre el objeto artístico, surgen nuevas reflexiones. La yuxtaposición de imágenes invita a realizar algún tipo de conexión entre ellas, pero la libertad creativa del espectador es total.

Escena de la película Koyaanisqatsi

El documental de Reggio no pretende entretener sino activar la función del cine que tanto se echa en falta en nuestros días, la función social, y al mismo tiempo insta a pensar que el cine como tal, puede ser diferente a lo que se nos ha acostumbrado. La obra, innovadora para su momento, se posiciona como una hoja en blanco en dónde reformular la narrativa cinematográfica.

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