lunes, 30 de septiembre de 2013

De ciudades y mapas I. Londres

Numerosas ciudades se han convertido en protagonistas de novelas, a veces suplantando al mismo protagonista de la historia narrada. Como lectores, en infinitas e indenifidas ocasiones (si se me permite el giño borgiano) nos hemos paseado por el Dublin de Joyce, el París de Balzac o Victor Hugo, el San Petersburgo de Dostoevsky, el Ankh Morpork de Terry Pratchett o el Arkham de H.P. Lovecraft. Unas reales y otras ficcionales, las ciudades se constituyen como un elemento tan vivo como los propios personajes y, de la misma manera, cambian.

A pesar de que los lectores no consigan ubicar determinados lugares o entender realmente ciertas distancias cuando se representan en una novela, las descripciones crean una imagen del espacio que confiere coherencia y unidad a lo descrito, una ciudad por ejemplo, que no tiene que ser por necesidad una imagen real. Este es el caso del Londres dibujado por Martin Rowson en Four Literary London Maps (1999).

Mapa de londres de Martin Rowson

Mapa de londres de Martin RowsonMapa de londres de Martin Rowson

Mapa de londres de Martin Rowson


Nuestra mente se proyecta en la novela, y creamos una imagen determinada de un espacio descrito, de la misma manera que cuando observamos una pintura la experiencia estética surge en el momento mismo de la contemplación, es decir, de la proyección de la mente. 

Otro Londres es el de Sherlock Holmes, oscuro, húmedo y espeso. Al situar en el mapa de la ciudad diversos datos obtenidos de las novelas de Conan Doyle obtenemos un mapa distinto de la ciudad (Moretti 2001), que nos hace formularle ciertas preguntas. La cartografía se constituye como una poderosa herramienta de análisis literario y cultural.

Mapa londres del libro de Moretti
Franco Moretti (2001) Atlas de la Novela Europea 1800-1900

Si bien los crímenes de sus dos primeras novelas se ubicaban en los barrios más pobres de Londres, al sur del río Támesis, ahora se ha trasladado la acción delictiva al West End, lo cual significa un cambio significativo en la manera de actuar de Holmes o, si se quiere, del Londres de Doyle. Cada vez que leemos una novela, una ciudad de la cual nos habíamos hecho una imagen cambia, recorremos sus calles nuevamente, sus cafés, iglesias y charlamos de nuevo con sus gentes, pero ya no son los mismos, y nosotros tampoco. 


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