lunes, 28 de julio de 2014

Algunas citas del Realismo Mágico

Como últimamente he leído tantas y tantas obras de este género de lo "maravilloso", me he decidido a recopilar algunas de mis citas favoritas del Realismo Mágico. Por supuesto, pierden parte de su encanto fuera del contexto, pero ahí van.

  • Esta primera se encuentra en la última página de El coronel no tiene quien le escriba de Márquez (¡así que cuidado el que no quiera saber cómo termina!). A través de esta frase, todo lo  que la historia había estado conteniendo, como una olla a presión temblando en la cocina, se libera y estalla.

—Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso —dijo el coronel. 
La mujer se desesperó. 
«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía. 
 —Dime, qué comemos. 
El coronel necesitó setenta y cinco años —los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto— para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: 
—Mierda.

  • La segunda es de Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo.

  • La tercera, de nuevo de Márquez. Esta vez de Cien años de soledad.
[...]y el gozo que le produjo esa mujer, le había permitido entender por qué los hombres tenían miedo a la muerte.

  • Esta pertenece a El pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami.
Me imaginé convertido en el pájaro-que-da-cuerda, surcando el cielo del verano, posándome en la rama de un árbol, dándole cuerda al mundo. Si era cierto que el pájaro había desaparecido, alguien tenía que asumir sus funciones.
  • Borges es para mi un caso especial. Sin entrar en el debate sobre el realismo mágico borgiano, voy a asumirlo como tal. Esta es de La muerte y la brújula, relato incluido dentro de Artificios.
- En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es una línea 
única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero 
detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, 
luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C a 4 kilómetros 
de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y 
de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
- Para la próxima vez que lo mate -replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta de 
una sola recta y que es invisible, incesante.


Son pocas, pero son las que me vienen ahora a la memoria. Muchas veces se ha restringido el campo del realismo mágico a América Latina, no obstante, las novelas mágico realistas se han extendido por todas partes del mundo, encontrando hoy en día autores que practican este género por doquier. Especialmente interesante me resulta el caso del Tíbet, en donde Tashi Dawa ha escrito algunas obras mágico realistas (la opresión china en el Tíbet ha originado un espacio propicio para ello). Lamentablemente, los problemas en cuanto a traducción son importantes, y parece ser bastante complicado conseguir obras de este autor chino-tibetano incluso en inglés.

La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-Mierda.
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viernes, 25 de julio de 2014

¿Por qué comprar libros en tiendas de segunda mano?

Cuando decidimos comprar un libro, ya sea para nosotros o para hacer un regalo, muy pocos pensamos en adquirir uno de segunda mano. Si es para un regalo pensamos en regalar algo nuevo, ya que un libro usado no es un regalo decente, es cutre y ya ha pasado por otras manos antes. 

Los libros de segunda mano son maravillosos. Por un lado podemos comprar 10 libros usados por el precio de uno nuevo, quizá más teniendo en cuenta el precio del papel en los días que corren. No sólo ahorramos un buen dinero sino que también colaboramos con el medio ambiente, evitando la tala de árboles para la producción de nuevo papel (ah si, me olvidaba hay que consumir nuevos bienes que sino el sistema no funciona). 

Aquí abajo, The Woodlanders (Thomas Hardy), en una edición de 1949. Me costó una libra y media (unos 2 euros) en un OXFAM de Belfast. En Reino Unido existe mucha cultura de compra-venta de libros usados, lamentablemente, en España no es así. Y es que seguimos siempre por detrás en muchas cosas. Recuerdo una tienda de libros de segunda mano en Santiago de Compostela "Follas Vellas" (siempre me gustó ese nombre) y, si bien tenía muchos libros y un movimiento importante, los precios eran un tanto elevados para tratarse de libros de segunda mano. Bueno, a decir verdad supongo que esa es la diferencia entre un negocio y una ONG como OXFAM. En cualquier caso, animaría a cualquiera a comprar libros de segunda mano, ¡incluso para regalar!. 

The Woodlanders Thomas HardyThe Woodlanders Thomas Hardy


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miércoles, 9 de julio de 2014

Cómo escapar de una fuente de ensalada o: viviendo entre los Yahoos.

Y entonces es cuando uno se da cuenta de la futilidad de lo cotidiano y la desesperanza que causa, de aquello que nosotros mismos hemos construido como lo real. Porque lo real, no es más que el acuerdo común de una sociedad determinada por otorgar el adjetivo "real" a algo.

No solamente convertimos en reales muchas cosas que quizá no lo sean (como este blog), sino que además les otorgamos un segundo adjetivo, lo verdadero. Y así construimos el mundo, llenando la ensaladera de colores imaginarios para ocultar un blanco y negro que es tan irreal como la capa superpuesta. Esto es un problema en si, pero más grave es el hecho de descubrir que esa aceituna que está en la cima de la pirámide de verdades... es mentira, y que incluso la rodaja de tomate también lo es. Es entonces cuando uno se vuelve loco y comienza a sustraer las capas de la cebolla, cuando mira por la ventana y no llega a ver lo que hay detrás, pues no puede evitar pensar que incluso el cristal es irreal. Luego nos fijamos en el vaso de café que tenemos al lado, negro y amargo , en el teclado del ordenador y, finalmente, en nuestras manos, toscas y con más pelo en los nudillos que el día anterior. Finalmente descubrimos nuestro estómago, el centro del universo, y permanecemos mirándolo hacia el infinito, como bobos silenciosos, muertos.


¡Ah! qué hacer, qué hacer... ¿qué hacer para no comerse ese fruto que todos los aceituneros hemos cuidado como el Santo Grial desde que el Occidente es Occidente?.

Hago una pausa. Me fijo en un libro que tengo encima de la cama, a mi lado (dicen que escribir donde uno duerme no es bueno), un asunto que tengo pendiente desde hace unas semanas y que no he conseguido finiquitar (he de decir en mi defensa, que el hecho de que todos los sustantivos comiencen por mayúscula es irritante y disuasorio). Es "Gulliber's Travels" y lo compré por una libra y media en una tienda de segunda mano. No sé de cuando es la edición ya que, curiosamente, no lo indica. Es de tapa dura, azulada y con letras y ornamentación doradas. Lo que si figura, en la última página, es que las ilustraciones son de Herbert Cole, del año 1900... aún así, a esta reedición no le echaría más de 50 años. Después de un breve apunte sobre el autor y una introducción crítica de Peter Quennel hablando sobre Ruskin y otros, se presenta un mapa. En él figura la situación de Blefusco y Lilliput, a una distancia considerable al suroeste de Sumatra. Miro un mapa y ahí lo único que se ve, en el medio del océano, son las islas Keeling. Todo un viajero nuestro señor Gulliver.

Nosotros mismos quizá nos hayamos convertido en esos Yahoos que hemos odiado tantas veces, escarbando en la tierra en busca de piedras que no valen para nada.


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