miércoles, 9 de julio de 2014

Cómo escapar de una fuente de ensalada o: viviendo entre los Yahoos.

Y entonces es cuando uno se da cuenta de la futilidad de lo cotidiano y la desesperanza que causa, de aquello que nosotros mismos hemos construido como lo real. Porque lo real, no es más que el acuerdo común de una sociedad determinada por otorgar el adjetivo "real" a algo.

No solamente convertimos en reales muchas cosas que quizá no lo sean (como este blog), sino que además les otorgamos un segundo adjetivo, lo verdadero. Y así construimos el mundo, llenando la ensaladera de colores imaginarios para ocultar un blanco y negro que es tan irreal como la capa superpuesta. Esto es un problema en si, pero más grave es el hecho de descubrir que esa aceituna que está en la cima de la pirámide de verdades... es mentira, y que incluso la rodaja de tomate también lo es. Es entonces cuando uno se vuelve loco y comienza a sustraer las capas de la cebolla, cuando mira por la ventana y no llega a ver lo que hay detrás, pues no puede evitar pensar que incluso el cristal es irreal. Luego nos fijamos en el vaso de café que tenemos al lado, negro y amargo , en el teclado del ordenador y, finalmente, en nuestras manos, toscas y con más pelo en los nudillos que el día anterior. Finalmente descubrimos nuestro estómago, el centro del universo, y permanecemos mirándolo hacia el infinito, como bobos silenciosos, muertos.


¡Ah! qué hacer, qué hacer... ¿qué hacer para no comerse ese fruto que todos los aceituneros hemos cuidado como el Santo Grial desde que el Occidente es Occidente?.

Hago una pausa. Me fijo en un libro que tengo encima de la cama, a mi lado (dicen que escribir donde uno duerme no es bueno), un asunto que tengo pendiente desde hace unas semanas y que no he conseguido finiquitar (he de decir en mi defensa, que el hecho de que todos los sustantivos comiencen por mayúscula es irritante y disuasorio). Es "Gulliber's Travels" y lo compré por una libra y media en una tienda de segunda mano. No sé de cuando es la edición ya que, curiosamente, no lo indica. Es de tapa dura, azulada y con letras y ornamentación doradas. Lo que si figura, en la última página, es que las ilustraciones son de Herbert Cole, del año 1900... aún así, a esta reedición no le echaría más de 50 años. Después de un breve apunte sobre el autor y una introducción crítica de Peter Quennel hablando sobre Ruskin y otros, se presenta un mapa. En él figura la situación de Blefusco y Lilliput, a una distancia considerable al suroeste de Sumatra. Miro un mapa y ahí lo único que se ve, en el medio del océano, son las islas Keeling. Todo un viajero nuestro señor Gulliver.

Nosotros mismos quizá nos hayamos convertido en esos Yahoos que hemos odiado tantas veces, escarbando en la tierra en busca de piedras que no valen para nada.


0 comments:

Publicar un comentario