jueves, 14 de agosto de 2014

Belfast; una ciudad entre dos mundos

La ciudad de Belfast, en Irlanda del Norte, ha sufrido un siglo de historia negra y costosa para sus habitantes. Desde el final de la guerra civil irlandesa, la lucha por la independencia continuó en forma de guerrilla, originando la pérdida de civiles y militares de ambos bandos, principalmente bajo la actuación del IRA, y dividiendo la ciudad en dos.

La ciudad de Belfast, en Irlanda del Norte, no es una ciudad que la gente suela querer visitar. En Reino Unido e Irlanda pervive todavía el recuerdo de un conflicto militar, político, social y religioso, que tuvo su época de mayor agitación durante la guerra civil irlandesa (1922-1923) y el período de actividad del IRA Provisional (1969-2005). 

Vagamos por sus calles más céntricas y es la ausencia la que nos dice más que la presencia. No vemos edificios antiguos, casas coloniales o iglesias de la época medieval como podríamos apreciar en otras ciudades de la isla como Dublín, Galway o Cork. Vemos ladrillo y vemos cemento, el material empleado para reconstruir una ciudad destruida por la guerra. A medida que nos alejamos del centro de la ciudad, hacia el este y el oeste, comenzamos a ver banderas británicas e inglesas colgando de pequeños mástiles que se sostienen en las casas de sus propios habitantes. Entre barrio y barrio enormes paredes de ladrillo representan guerrilleros armados, batallas y escudos de guerra, mientras sus lemas rezan Prepared for Peace, Ready for War o UFF West Belfast Brigade. De entre docenas de estos murales, se pueden ver otros con la imagen del Che Guevara, Nelson Mandela o banderas del País Vasco. 

pintada muro belfast

Belfast no es una ciudad amable. En el Oeste, los nacionalistas de Fall Road y los unionistas de Shankill Road están separados por muros. Son las famosas Peace Lines, que también se encuentran en el lado Este, separando católicos de protestantes. Barreras de hierro y ladrillo que suman hasta 34 km a lo largo de toda la ciudad y muchos metros de alto separan a los habitantes de Belfast por su religión e ideas políticas. Se protegen barrios enteros, escuelas, sedes de partidos políticos y hasta se bloquea la entrada (y la salida) de las calles más conflictivas. Así mismo, los principales partidos políticos de Irlanda del Norte fomentan estas separaciones y garantizan la pervivencia de un sistema emponzoñado por la guerra y el odio. 

Mientras tanto, en Londres escriben cartas a rusos, ucranianos e israelíes, sin parecer ver (u obviando) que primero hay que resolver los problemas de casa, un asunto pendiente desde hace cien años o, según algunos, desde hace varios siglos. En esta ciudad olvidada por el mundo subyacen los restos, todavía vivos, de diferentes épocas de la historia de Europa. El mismo Edward Said hubiera encontrado inspiración para sus escritos sobre poscolonialismo de haber experimentado la vida en la ciudad “británica”. Digo británica entre comillas porque cuando uno pasea por sus calles no sabe muy bien si esta parte de la isla de Eire es realmente británica o irlandesa. Al fin y al cabo, en los supermercados no venden clotted cream y no toman el té a las cinco, tampoco se habla gaélico. No sabemos si referirnos a sus habitantes como irlandeses o británicos, que celebran el día de Sant Patrick como el que más y también salen a la calle a mostrar su orgullo británico el 12 de Julio. Se pueden decir muchas cosas sobre Belfast, lo que no se puede negar es que se aprende mucho de esta ciudad de ceniza y lluvia.


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