miércoles, 21 de enero de 2015

"La imagen perdida", de Rithy Panh

El mundo del cine es tan inconmensurable, que uno nunca sabe cuando llega el momento de un nuevo descubrimiento. Viene sin avisar, como cuando a finales de enero nos encontramos una tableta de turrón perdido en un cajón. Ya lo cantaba Serrat cuando decía "son aquellas pequeñas cosas". Ayer, día 20 de Enero de 2015 en un evento en Madrid, se otorgó el premio Días de Cine al Mejor documental a la película La imagen perdida, del director camboyano Rithy Panh.

El director quiso relatar los bárbaros echos acontecidos durante el régimen de Pol Pot en Camboya, en donde una parte sustancial de la población fue exterminada durante la recolocación de millones de personas de la ciudad al campo, en donde se vieron forzadas a trabajar. Los Jemeres Rojos, partido maoísta y bajo el poder de la llamada Kampuchea Democrática (1975-1979) exterminaron a millones de personas pertenecientes a la etnia jemer (auto-genocidio). Lamentablemente, aunque no sea de extrañar, Rithy Panh, que sobrevivió a dicho exterminio (aunque no sus familiares), no encontró imágenes que le ayudasen a filmar su proyecto.

"La imagen perdida", de Rithy Panh


¿Cuántas veces en la historia de la humanidad  no se han perdido las imágenes de la vida y de la muerte? Rithy Panh, buscando su Abu Ghraib particular, se encontró con el vacío. Así fue que decidió recrear esas imágenes perdidas, las cuales le dan título a la película, en la forma de muñecos de barro para representar los hechos sobre los que no quedan huella.

la imagen perdida Rithy Panh

Así, La imagen perdida está compuesta de las pocas imágenes y documentales que Rithy Panh pudo encontrar, rellenando esos huecos olvidados con barro de una manera que no pasa desapercibida para el espectador. Las imágenes recreadas con barro son estáticas, por lo que supone una forma de cine poco convencional que hará caer la baba a los más académicos. Forma y contenido confluyen de una manera extraordinaria en este película de obligada visualización para los amantes del cine documental, que no sólo nos informa sino que juega con la forma de las cosas, da un paso adelante y fustiga nuestras mentes con la exposición de bellos fotogramas de arcilla.

“Durante muchos años he buscado una imagen perdida: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 por los Jemeres Rojos cuando gobernaban en Camboya. Por supuesto que una imagen por sí sola no puede ser la prueba de un genocidio, pero nos hace pensar, nos fuerza a meditar, a registrar la Historia. La he buscado en vano en archivos, en viejos papeles, en las aldeas de Camboya. Hoy lo sé: esta imagen debe estar perdida. Así que la he creado. Lo que les ofrezco no es la búsqueda de una imagen única si no la imagen de una búsqueda; la búsqueda que permite el cine. 
Algunas imágenes están perdidas para siempre y son reemplazadas por otras. En este proceso hay vida, lucha, dificultad y belleza, la tristeza de los rostros perdidos, la comprensión de lo que pasó: algunas veces nobleza e incluso coraje pero nunca olvido”

Rithy Panh



la imagen perdida Rithy Panh
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martes, 6 de enero de 2015

Kurosawa y el color


De entre todos los directores del siglo XX, ninguno ha demostrado con tanta lucidez que el tiempo no pasa por quien tiene un sueño que cumplir como Akira Kurosawa. Vivió los episodios más bélicos de la historia de Japón, perdió a su hermana a muy temprana edad y sufrió el suicidio de su hermano. De dilatada carrera profesional, fue capaz de conservar la innovación hasta el final de sus días sin perder un ápice de la ilusión que le llevó a ponerse detrás de la cámara por primera vez.

Nos encontramos en el año 1970, momento en que está a punto de ser estrenada una película que causará el intento de suicidio de un hombre. Comenzamos la historia vaticinando el final, como si de la crónica de Márquez se tratase, o quizá por el interludio. Akira Kurosawa ha terminado de dirigir su primer filme en color, Dodeskaden, a pesar de que muchos otros directores ya se han pasado al nuevo sistema de Technicolor muchos años atrás. El director japonés se encuentra en un momento complicado. Ya con 60 años y considerado como uno de los mejores directores del mundo, había vivido cinco años de sequía artística tras la negativa crítica recibida por su última película, Red Beard, del año 1965. El panorama fílmico mundial lo considera ya retirado pero, en contra de todo pronóstico, Kurosawa parece no querer terminar su carrera sin crear una última película y tintarla con las últimas técnicas que nunca había utilizado. Así, viaja a Hollywood para aprovechar las más avanzadas técnicas occidentales.

Quiso el cine que esa no fuese su última película y, tras regresar derrotado a Japón, su intento fallido de poner fin a su vida se convierte en el principio de una segunda edad de oro tan resplandeciente como la primera. Los 20 años que siguieron a aquel que fue su saludo particular a la muerte trajeron cuatro películas, una cada cinco años, que maravillaron al mundo. Nunca en la historia del cine un director ha conseguido mantener e incluso incrementar su nivel creativo hasta tan avanzada edad. Aquel Kurosawa que se imponía detrás de la cámara iba a dejar con la boca abierta al mundo.

kurosawa throne of blood
(Fotograma de Throne of Blood, 1957)

Algunos se preguntarán porqué Akira Kurosawa no intentó emplear el color con anterioridad, sobre todo cuando obras como Lo que el viento se llevó o El mago de Oz, ambas producidas en 1939, ya le habían sacado partido. Quizá esto era así porque las películas de la leyenda nipona parecían tener su propia ley sobre el blanco y el negro, los cuales parecen entremezclarse creando una sensación casi multicolor, como en la adaptación fílmica de la obra de Shakespeare Macbeth.


El empleo del blanco y negro, además, permite el desarrollo de una gran iluminación, la creación de dramáticos contrastes o la misma transformación de la realidad debido a la monocromía. Sin embargo, serían sus ansias por crear una gran producción en color las que le llevarían, insólitamente, a producir cuatro de sus obras maestras ya en su vejez.
Recuperado de su intento de suicidio, Kurosawa encontró su salvación y renacimiento como director del lugar menos inesperado. No fue Japón ni Hollywood quien acudió a su rescate, fue la Unión Soviética. Así, en 1975 Akira Kurosawa estrena una de las obras más bellas que ha visto el mundo del cine; Dersu Uzala, que le valió el Oscar a la mejor película en lengua extranjera. Los soviéticos le habían dado total libertad para narrar la historia entre el explorador militar Vladimir Arsenyev y Dersu, un indígena de la tribu Goldi asentado en una parte de la región de Manchuria. Esta película no sólo muestra los dramáticos paisajes de esta región del mundo con una estética nunca vista hasta ese momento, sino que habla sobre una forma de vida que ya no es posible a causa del progreso, al mismo tiempo que critica la invasión japonesa de la región y el exterminio de las tribus nativas.

dersu uzala kurosawa


(Dersu Uzala, 1975)

Kurosawa tenía vocación de pintor y, si ya había mostrado impresionantes capacidades pictóricas a lo largo de su carrera empleando el blanco y negro, fue con esta película cuando inauguró su segunda época dorada como pintor de fotogramas como si a lo largo de toda su carrera hubiera filmado únicamente en color.

Kurosawa se acostumbró rápidamente a su nuevo resurgir artístico y dirigió una película producida en parte por Toho Studios y por la 20th Century Fox. Ésta última compañía se dejó convencer por George Lucas y Francis Ford Coppola para que financiase la parte restante del proyecto, que se había quedado sin fondos. Así salió a la luz Kagemusha (1980), pintada al estilo de Van Gogh y predecesora de la épica Ran (1985), que se constituyó como la película más cara de la historia del cine japonés hasta la fecha de su producción.
 
Mount Fuji in Red
Mount Fuji in Red, uno de los sueños recogidos en Dreams, 1990
Quizá todo esto no fue más que un glorioso intersticio de 20 años que le sirvió para crear una de las obras más creativas del cine, Dreams (1990), también conocida como Los Sueños de Akira Kurosawa. Esta película tan poco comercial supone la cúspide de la creación artística y conceptual de Kurosawa, quien creó un filme en el que representó sus propios sueños, en donde los colores creaban una suerte de espectáculo pictórico. Así salió de aquel momento fatídico de 1971 con el sueño de pintar sus propios episodios oníricos.


Es curioso como aquel arco iris en blanco y negro de su primera etapa, aquellas luces y sombras de películas como Rashomon o Los siete samurais, no se diferenciaban tanto del arco iris desplegado al final de su vida. ¿Existen acaso colores más irreales que el blanco y el negro?

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jueves, 1 de enero de 2015

La conciencia ecológica a través de Tolkien y Thomas Hardy



Nos situamos a comienzos del siglo XXI y toda una gama de películas y novelas a lo largo del XX no se han cansado de hacernos llegar la idea de utopía y distopía, sobretodo en lo que respecta a la naturaleza en oposición a la industria y la tecnología. Desde El Señor de los Anillos, Metrópolis, Animatrix, Dark City, Avatar, 12 Monkeys, 1985, Blade Runner, Matrix y un largo etc. En todas estas obras se nos muestra un enfrentamiento entre varios elementos, que origina la pérdida de algo. ¿Qué es eso que perdemos y que tanto añoramos luego?, ¿porqué?. Lamentablemente, la ficción tiene una correspondencia con la realidad en este caso. Así la "Sopa de plástico" o Isla de basura en el Pacífico ocupa ya una superficie aproximada de 1.400.000 km2, sí, está ahí por mucho que no la veamos desde la ventana de casa. Ríos en los que se pescaba y cuya agua era potable hoy en día son de color verde y Madrid, Barcelona y otras ciudades de España lucen una boina negra visible desde la lejanía, haciendo irrespirable el aire a no ser que uno ya tenga los pulmones negros y acostumbrados a tanta polución. Las empresas prefieren pagar las multas por exceso de contaminación que someter sus fábricas a procesos que la reduzcan, dado que lo segundo es más costoso que lo primero y la normativa europea que regula la emisión de diferentes substancias contaminantes no es suficiente. La ciudad de Ferrol ha acabado con casi toda la vida de la ría por tener una depuradora de aguas sin funcionar desde que se construyó, originando que todos los residuos de los habitantes de la ciudad sean arrojados, directamente, al agua.

The casual glimpses which the ordinary population bestowed upon that wondrous world of sap and leaves called the Hintock Woods had been with these two, Giles and Marty, a clear gaze. They had been possessed of its finer mysteries as of commonplace knowledge; had been able to read its hieroglyphs as ordinary writing […] (Thomas Hardy, The Woodlanders,pág 306)


Escena de la película Los Habitantes del Bosque


Avanzaba Adorno en su Ästhetische Theorie, analizando a Humboltd, Kant y Hegel  en cuanto a la estética, que lo bello natural no existe independientemente de la conciencia de cada época. Viene diciéndonos Adorno que el paisaje como tal, como conjunto de signos, como elemento estético no existe sin el ser humano. Al tratarse el paisaje de un “fenómeno mixto” [1] (el juego, o relación entre naturaleza-espacio y ser humano) resulta imperante un nuevo punto de vista que no separe ambos factores. Y es que no se puede comprender el paisaje si escindimos su elemento físico-espacial del elemento que le otorga significado, el hombre.  Y según Adorno sería esta relación la que debería ser objeto de la ética ecológica que llevaría a una nueva praxis. Y es este un cambio percibido sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, en que el hombre ve amenazada o empobrecida su vida, su existencia, como resultado de una mala actuación con respecto a la naturaleza, como muy bien ilustraba el escritor británico J.R.R.Tolkien en el principio de una de sus obras:

Por alguna curiosa coincidencia, una mañana de hace tiempo en la quietud del mundo, cuando había menos ruido y más verdor […].  (J.R.R.Tolkien. El Hobbit,1937. pág.15)

Toda ética se basa en la reciprocidad, de ahí el problema de la ética ecológica y es que si bien el ser humano ha de reconocer a la naturaleza unos derechos, no existe una contrapartida en ese mismo sentido hacia nosotros, sino lo que Hans Jonas denominó principio de la responsabilidad[2], y que se ha conformado como la nueva ética relacionada con la gestión del ambiente natural y también con un cambio en la praxis humana.

Muchas de las casas que habían conocido ya no existían. Algunas parecían haber sido incendiadas. La encantadora hilera de negras cuevas hobbies en la margen norte del lago parecía abandonada, y en los jardines que antaño descendían hasta el borde del agua habían sido invadidos por las malezas. Peor aún, había toda una larga hilera de lóbregas casas nuevas a la orilla del lago, a la altura en que el camino de Hobitton corría junto al agua. Allí antes había habido un sendero con árboles. Ahora todos los árboles habían desaparecido. Y cuando miraron consternados el camino que subía a Bolsón Cerrado, vieron a la distancia una alta chimenea de ladrillos. Vomitaba un humo negro en el aire del atardecer. (J.R.R.Tolkien. El señor de los Anillos, Capitulo Rumbo a casa, pág. 1124).

La ética surge como reflexión del hombre con respecto a algo perdido, que hay que recuperar y conservar. Según Habermas, la estética del paisaje es mucho más efectiva que la ética en cuanto a la nueva praxis. Y es esta estética, fruto de la proyección y contemplación del ser humano sobre el paisaje la que da un valor propio al mismo. Por un lado tenemos los paisajes naturales, pero por otro, son también transformados por el ser humano, lugares en los que el hombre ha dejado una huella. Estos últimos no son espacios estáticos sino que el hombre no deja de relacionarse con ellos, transformándolos continuamente, dotándolos de dinamismo. Por eso, y por todo lo mencionado anteriormente, el estudio del paisaje desde cualquier ámbito no puede entenderse separado del hombre. Se ha intentado establecer una serie de parámetros globales, genéricos para estudiar los paisajes, reduciéndolos a unos arquetipos universales como la antropología, que pretendía que dichos parámetros fuesen invariables. Pero la forma del paisaje es local, diversa y cambiante, como lo es el arte ligada a él.

La transformación de los paisajes por el ser humano puede ir desde la inclusión de un molino en la llanura castellana hasta el máximo efecto transformador, las ciudades, en donde cada vez con más ímpetu se crean jardines  y espacios naturales diversos, paisajes naturales dentro de un paisaje urbano. En el exterior de las ciudades se busca la conservación, restauración y protección de los espacios naturales desde una perspectiva ecológica y de impacto ambiental, siendo reflejo de una nueva sensibilidad de la sociedad actual.



[1] Jörg Zimmer en su artículo titulado La dimensión ética de la estética del paisaje pág.32 en Nogué, Joan: El paisaje en la cultura contemporánea.
[2] Jonas,Hans. El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Ed. Herder, 1995.

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