martes, 6 de enero de 2015

Kurosawa y el color


De entre todos los directores del siglo XX, ninguno ha demostrado con tanta lucidez que el tiempo no pasa por quien tiene un sueño que cumplir como Akira Kurosawa. Vivió los episodios más bélicos de la historia de Japón, perdió a su hermana a muy temprana edad y sufrió el suicidio de su hermano. De dilatada carrera profesional, fue capaz de conservar la innovación hasta el final de sus días sin perder un ápice de la ilusión que le llevó a ponerse detrás de la cámara por primera vez.

Nos encontramos en el año 1970, momento en que está a punto de ser estrenada una película que causará el intento de suicidio de un hombre. Comenzamos la historia vaticinando el final, como si de la crónica de Márquez se tratase, o quizá por el interludio. Akira Kurosawa ha terminado de dirigir su primer filme en color, Dodeskaden, a pesar de que muchos otros directores ya se han pasado al nuevo sistema de Technicolor muchos años atrás. El director japonés se encuentra en un momento complicado. Ya con 60 años y considerado como uno de los mejores directores del mundo, había vivido cinco años de sequía artística tras la negativa crítica recibida por su última película, Red Beard, del año 1965. El panorama fílmico mundial lo considera ya retirado pero, en contra de todo pronóstico, Kurosawa parece no querer terminar su carrera sin crear una última película y tintarla con las últimas técnicas que nunca había utilizado. Así, viaja a Hollywood para aprovechar las más avanzadas técnicas occidentales.

Quiso el cine que esa no fuese su última película y, tras regresar derrotado a Japón, su intento fallido de poner fin a su vida se convierte en el principio de una segunda edad de oro tan resplandeciente como la primera. Los 20 años que siguieron a aquel que fue su saludo particular a la muerte trajeron cuatro películas, una cada cinco años, que maravillaron al mundo. Nunca en la historia del cine un director ha conseguido mantener e incluso incrementar su nivel creativo hasta tan avanzada edad. Aquel Kurosawa que se imponía detrás de la cámara iba a dejar con la boca abierta al mundo.

kurosawa throne of blood
(Fotograma de Throne of Blood, 1957)

Algunos se preguntarán porqué Akira Kurosawa no intentó emplear el color con anterioridad, sobre todo cuando obras como Lo que el viento se llevó o El mago de Oz, ambas producidas en 1939, ya le habían sacado partido. Quizá esto era así porque las películas de la leyenda nipona parecían tener su propia ley sobre el blanco y el negro, los cuales parecen entremezclarse creando una sensación casi multicolor, como en la adaptación fílmica de la obra de Shakespeare Macbeth.


El empleo del blanco y negro, además, permite el desarrollo de una gran iluminación, la creación de dramáticos contrastes o la misma transformación de la realidad debido a la monocromía. Sin embargo, serían sus ansias por crear una gran producción en color las que le llevarían, insólitamente, a producir cuatro de sus obras maestras ya en su vejez.
Recuperado de su intento de suicidio, Kurosawa encontró su salvación y renacimiento como director del lugar menos inesperado. No fue Japón ni Hollywood quien acudió a su rescate, fue la Unión Soviética. Así, en 1975 Akira Kurosawa estrena una de las obras más bellas que ha visto el mundo del cine; Dersu Uzala, que le valió el Oscar a la mejor película en lengua extranjera. Los soviéticos le habían dado total libertad para narrar la historia entre el explorador militar Vladimir Arsenyev y Dersu, un indígena de la tribu Goldi asentado en una parte de la región de Manchuria. Esta película no sólo muestra los dramáticos paisajes de esta región del mundo con una estética nunca vista hasta ese momento, sino que habla sobre una forma de vida que ya no es posible a causa del progreso, al mismo tiempo que critica la invasión japonesa de la región y el exterminio de las tribus nativas.

dersu uzala kurosawa


(Dersu Uzala, 1975)

Kurosawa tenía vocación de pintor y, si ya había mostrado impresionantes capacidades pictóricas a lo largo de su carrera empleando el blanco y negro, fue con esta película cuando inauguró su segunda época dorada como pintor de fotogramas como si a lo largo de toda su carrera hubiera filmado únicamente en color.

Kurosawa se acostumbró rápidamente a su nuevo resurgir artístico y dirigió una película producida en parte por Toho Studios y por la 20th Century Fox. Ésta última compañía se dejó convencer por George Lucas y Francis Ford Coppola para que financiase la parte restante del proyecto, que se había quedado sin fondos. Así salió a la luz Kagemusha (1980), pintada al estilo de Van Gogh y predecesora de la épica Ran (1985), que se constituyó como la película más cara de la historia del cine japonés hasta la fecha de su producción.
 
Mount Fuji in Red
Mount Fuji in Red, uno de los sueños recogidos en Dreams, 1990
Quizá todo esto no fue más que un glorioso intersticio de 20 años que le sirvió para crear una de las obras más creativas del cine, Dreams (1990), también conocida como Los Sueños de Akira Kurosawa. Esta película tan poco comercial supone la cúspide de la creación artística y conceptual de Kurosawa, quien creó un filme en el que representó sus propios sueños, en donde los colores creaban una suerte de espectáculo pictórico. Así salió de aquel momento fatídico de 1971 con el sueño de pintar sus propios episodios oníricos.


Es curioso como aquel arco iris en blanco y negro de su primera etapa, aquellas luces y sombras de películas como Rashomon o Los siete samurais, no se diferenciaban tanto del arco iris desplegado al final de su vida. ¿Existen acaso colores más irreales que el blanco y el negro?

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