lunes, 21 de septiembre de 2015

De cien años de soledad a un siglo de luz: el orden de las cosas

Siempre me sorprenderá la relevancia del orden de las cosas. Quizá para un matemático sea lo mismo 1+2 que 2+1, para un habitante de las letras, la diferencia es enorme. Mi aproximación a Alejo Carpentier se sucedió tras la lectura de un par de libros y unos cuantos relatos de Márquez, más en concreto, Cien Años de Soledad y El Coronel no tiene quien le escriba. Los relatos, varios.

Buscaba, si acaso, algo que me acercase a otra visión -o versión- del realismo mágico latinoamericano, en las obras de aquel escritor que primero mencionó el término (lo real maravilloso). Tenía la esperanza de encontrar algo, quizá primigenio, que me llevase a una comprensión más profunda de esa manera de ver las cosas que llamamos realismo mágico. No lo encontré en El Siglo de las Luces. Al comienzo, cuando se narra el "acomodamiento" de Sofía, Carlos y Esteban tras el fallecimiento del padre de los dos primeros, me pareció discernir algo, un cosquilleo nada más, para más adelante comprobar (tras la llegada de Victor Hughes) que se trataba de una novela histórica que no me daría lo que buscaba en un principio, que sí otras cosas que uno busca y no espera encontrar. Aún así, me ha parecido una de las novelas más inspiradoras que haya leído y tengo, ahora, una visión diferente de la Revolución -y muchas más preguntas-.

Sin afán de internarme en los entresijos de El Siglo de las Luces, sí quiero expresar la importancia de no haber hecho la lectura al revés. ¿Qué hubiera pasado si hubiese leído esta novela antes que las de Márquez? Para empezar, sin duda mi predisposición y postura habrían sido muy diferentes, llevando a prestar atención a otras cosas . Recuerdo que ojeaba el primer cuarto de libro impaciente por encontrar esos rastros que yo mismo me había inventado. Las innumerables lecturas de una obra es una de las características de la literatura que me mantendrá por siempre como fiel seguidor e incansable lector, lo cual me recuerda que soy mucho mejor lector que escritor (ya expresaba Virginia Woolf las dificultades de la tarea de escribir en su Orlando). Me intriga qué puede ocurrir en una nueva lectura de Cien Años de Soledad tras haber concluido Pedro Páramo.

Así, mis lecturas me presentan constantemente la inquietud de pensar que no he leído antes lo que debiera. Algo peor sucede con aquellas obras de las cuales he escuchado hablar, de aquellas que Borjes, Wordsworth o Coleridge han hecho algún comentario o aquellas otras que he estudiado en algún Oxford Companion y de las que, quizás, me haya perdido para siempre una lectura inocente y sincera, manchada y evitada por un conocimiento previo que me previno de maravillosas sorpresas y sensaciones. 

Me gustaría, ahora, no haber nunca leído en clase Macbeth ni saber si quiera quien era Shakespeare, sino encontrarlo en el estante de libros de mi abuelo, en donde él guardaba algunos ejemplares que regalaba el periódico y que nunca leyó.

explosion en una catedral
Explosión en una catedral



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