jueves, 17 de diciembre de 2015

García Márquez y el periodismo que hace falta


Quizá corren tiempos veloces, en los que apenas somos capaces de asimilar un pequeño porcentaje de la información que se emite hacia nosotros. En televisión, escuchamos al presentador del telediario dedicar treinta segundos a la aprobación del TTIP. En los periódicos, digitales e impresos, los periodistas rellenan con noticias cientos de titulares al día. Una situación muy distinta de la que vivió el literato y también periodista Gabriel García Márquez en los años 50.
¿Es posible realmente conocer algo en el panorama informativo actual o simplemente sufrimos una indiscriminada saturación de banal y homogénea información?. Además de dejarnos varias de las más grandes obras de la literatura escrita en lengua castellana, Gabriel García Márquez fue uno de esos periodistas – incansables e insaciables – para los que informar y conocer el mundo estaba por encima de muchas otras cosas; vocación que merecía su sacrificio. El primero de ellos, el exilio.
Justo en frente de la Sorbona, en París, encontramos un hotel que no nos dice gran cosa por su nombre; Hôtel des 3 Colléges. Sin embargo, y sufriendo el ansia que nos impulsa a renombrar las cosas, podríamos llamarlo también Hotel de Flandre, nombre que conservó hasta 1984 y que fue miserable residencia para Gabriel García Márquez en aquellos años en los que el dinero apenas le alcanzaba para comer, entre 1955 y 1958. Fue quizá el estómago vacío un buen contexto para idear ‘El Coronel no tiene quien le escriba’ en aquella habitación en la que escribía hasta que pasaba el camión de la basura casi al amanecer.
"El relato de un náufrago", novela periodística por entregas
La ira del gobierno colombiano, tras la publicación de la última parte de ‘El relato de un náufrago’, y la posibilidad de asumir el rol de corresponsal en Europa del periódico para el que trabajaba en su tierra natal – El Espectador- fueron cómplices en la misión de enviar al periodista a París. Pues García Márquez fue, ante todo y sobre todo, periodista. Y así lo dijo durante toda su vida, incluso refieriéndose a su obra literaria como fruto del periodismo que ejercía, “la mejor profesión del mundo” y aquella que le enseñó a escribir.
Son quizá las causas de ese exilio en París y la misma acción de su marcha de Colombia las que nos vendría muy bien recordar en tiempos como los que corren, en donde la información periodística está en gran medida supeditada a un férreo control ideológico y en donde la repercusión de la exclusiva y el titular corroen la calidad de la noticia y la labor del periodista. Es ‘El relato de un náufrago’ una novela periodística publicada por entregas en El Espectador de Bogotá, a través de la cual Gabriel García Márquez narró la historia de un náufrago, Velasco, que cayó al mar desde el barco militar Caldas por la sobrecarga de contrabando que el buque llevaba.
El gobierno del dictador colombiano Pinilla nombró como causante de tal acontecimiento a una tormenta que nunca existió y designó a Velasco héroe, tras haber sobrevivido el marino a diez días en el mar. Fue Márquez, al final de su relato por entregas, el que descubrió al público qué causa había originado la caída al mar de ocho personas y el naufragio del héroe –único superviviente-, publicación que le costó el exilio y muchos problemas al periódico para el que escribía.
Así, el periodista y escritor colombiano nos recuerda con esa novelilla la importancia de unaprofesión de grandes responsabilidades. Parece hoy que el periodista anda a carreras como perdiendo el tren de las ocho y media, sacando titulares y exclusivas ante las órdenes de aquellos que solamente buscan dar cantidades de información en negrilla y letra grande, peroperdiendo la calidad de los contenidos una vez pasamos del titular, olvidando en un cajón la reflexión e investigación propias de la profesión. La pasión por informar más que por informarse se diluye en la carrera por ver quién saca la noticia más rápido, sin importar quién la da mejor.
Quizá fruto de la era en la que vivimos, es la primacía del titular sobre el contenido, del bombardeo incesante de primicias que solo suponen un flash de la realidad porque ya no tenemos tiempo para sentarnos a leer el periódico, sino que ojeamos los titulares mientras tomamos el café en el bar de enfrente. Si los medios son creadores y artífices de opinión pública, los bares son el lugar en que esa opinión artificial primero se manifiesta y se consolida como tal.
García Márquez, como muchos otros grandes periodistas del siglo XX, no tuvo una escuela de periodismo en la que aprender el oficio. Hoy disponemos de carreras y másteres que forman periodistas en aulas, atendiendo a clases magistrales y alejándolos de la mejor escuela del mundo –la vida– que les lleva a construir una barrera con respecto a la realidad en la que viven. Sufrimos de titulitis tanto como de titulares.
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